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Andorra Sierra de Arcos

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A medio camino entre la Depresión del Ebro y el Sistema Ibérico, organizada en torno al Río Martín y su afluente el Escuriza que la surcan de sur a norte uniendo la Sierra de Ejulve con la de Arcos, espléndidos portales de entrada al interior de la misma, con un variado y rico patrimonio natural, una fecunda historia, un prometedor futuro y el sabor de las tradiciones.

El río Martín, modesto y sereno, atraviesa lo que en tiempos geológicos era una gran cuenca sedimentaria dando lugar a angostas hoces y profundas barranqueras; la Sierra de Arcos, montaña típicamente mediterránea, espina dorsal que cobija en sus entrañas el carbón que tanto ha significado en esta tierra; los parajes esteparios, misteriosos y llenos de vida, vigilados por el vuelo de los moradores de los cercanos tajos fluviales; una hermosa y vieja vega regada desde antiguo por un ingenioso sistema de acequias derivadas del Martín; y los vigorosos bosques de la serranía de Ejulve configuran un paisaje duro y agreste, con apariencia superficial hostil pero de belleza excepcional, que el hombre habitó desde tiempos pretéritos como demuestran abrigos y cuevas magistralmente decoradas, excepcionales muestras del arte rupestre levantino. Los yacimientos ibéricos como el Cabezo de San Pedro y el Palomar en Oliete, El Cabo en Andorra y El Castelillo en Alloza. Existen también restos de la presencia musulmana, ermitas medievales, casonas renacentistas, campanarios barrocos, monasterios mercedarios... Más tarde, castilletes mineros, convertidos en museo al aire libre y chimeneas industriales convivirán con las creaciones de los artistas más ilustres como Pablo Serrano o Alejandro Cañada.

Si hablamos de tradiciones, por encima de todas destaca el estremecedor retumbar de los tambores de Semana Santa, que se convierte cada año en una sobrecogedora explosión de sonido. Los ecos de voces joteras, de fama internacional gracias a figuras como El Pastor de Andorra, la Fiesta de la Encamisada, las fiestas patronales, las romerías, las hogueras, etc. completan un rico y variado patrimonio etnológico, que invita a ser saboreado con detenimiento.

Visitar sin prisas nuestros pueblos, recorrer despacio sus caminos será para el viajero una sugerente aventura.

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